| El Encierro, esencia en evolución |
| escrito por Rudy Mentario | |
| jueves, 27 de agosto de 2009 | |
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Bajo el abrasador sol o por la noche, un encierro no deja impertérrito a quien lo corra o viva desde la talanquera. Adrenalina en el torrente sanguíneo, olor y griterío que se esfuman al paso de los astados. Una tradición de origen ibérico que goza de indudable salud popular y que se repite cada verano en los pueblos españoles desde hace ya varias centurias.
- Encierro de Colmenar del Arroyo en la antigua plaza de toros -
Pese a la perpetuación sufrida por esta tradición, no hay que obviar que los encierros han evolucionado. Aunque sin alterar cualitativamente su esencia. Las medidas de seguridad que se toman en la epoca actual no encuentran fiel reflejo con la realidad vivida hace 20 años. El reciente cuerpo normativo por el que se rige este tipo de espectáculos no supera la década y contempla una casuística que acota normativamente por completo al espectáculo. Los excesos que en el pasado se cometieran con la res causaron una alarma social que se ha traducido en los preceptos legales que amparan el derecho del animal. En cuanto a los animales, se prohíben todos aquellos espectáculos que impliquen su maltrato, en especial aquellos que consistan en atarles o prender fuego a sus astas. Y es que de alguna forma el espectáculo-tradición ha ganado en racionalidad y ha perdido en intensidad. La rapidez con la que se conducen los astados y los preceptos que impiden que el toro permanezca por tiempo arbitrario en el recorrido son motivos por los que más de algún aficionado opina que "el encierro me ha sabido a poco". Sin embargo, sigue siendo el excitante y efímero paso de las reses lo que anima a soportar tremendas solaneras hasta que el litúrgico chupinazo anuncie la suelta de los bravos... una de tantas incomodidades que presentan los encierros y que merecen la pena por sufrir por el instante del paso de la vacada.
Por encima del todo, no hay que subestimar las consecuencias del temerario acto que supone correr un encierro pese al plus de seguridad que presenta el espectáculo actual. ¿Podríamos afirmar de alguna forma que la seguridad ha convertido al encierro en un espectáculo "light"? En caso alguno. Un encierro se configura como un espectáculo duro y contundente que no está al alcance de cualquier físico o sensibilidad. La seductora rudeza de una carrera entre hombre y toro, requiere de un paladar costumbrista y de algún modo educado en esa tradición. De alguna extraña forma, este rito llega a cautivar a profanos que seducidos por la inestimable vivencia, repiten espectáculo en cuantas veces pueden, haciendo germen lo que podría llegar a ser un nuevo aficionado. En cualquier caso, no es tarea fácil correr delante de un toro con tan sólo una defensa compuesta por unos buenos reflejos y unas fuertes piernas. Los sucesos recientes de este verano en los que han fallecido 5 corredores ponen en evidencia que correr un encierro es una práctica de riesgo que todos los corredores asumen. No obstante, la cantidad de mozos que se atreven a correr, empequeñece la siempre triste estadística de heridos y fallecidos. Y así, el espectáculo de antaño y el actual se solapan en un mismo nexo que no es otro que el disfrute temerario con una bestia infinitamente más fuerte que nosotros. El respeto tanto a los "traicioneros mansos" como a bravos es una constante que permanece desde los origenes de una fiesta que sigue encantando a propios y extraños. La motivación por probarse el valor frente a un toro sigue manteniéndose intacta. Es la esencia que perdura en la evolución de este rito. Y es algo que comprenden los pocos elegidos que reúnen facultades y valor para correr delante de un toro. Suerte a los valientes que decidan pasar por el trance porque realmente sabrán si ha valido la pena seguir conservando esta tradición.
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