|
 La gran alarma social que producen los incendios forestales y los temores, infundidos en gran medida por los medio de comunicación, de que en estos sinisestros se pierde un patrimonio natural insustitubile, no siempre se corresponden con los procesos de recuperación espontánea, y a veces sorprendente, propios de los sistemas mediterráneos.
Las altas temperaturas que pueden llegar a lacanzarse en un incendio forestal son las que, en primera instancia, causan graves daños a la vegetación y alteran la composición física y química del terreno. En un de estos siniestros pueden llegar a superarse fácilmente los 600 grados centígrados, cuando bastan 70-75ºC para que, en treinta segundos, mueran las células de la materia vegetal, y por encima de los 450ºC comience la combustión de la materia orgánica.
La vegetación autóctona de todas las zonas de clima mediterráneo está, sin embargo, adaptada a esta acción devastadora del fuego. Es lo que se denomina pirofitismo. Un mecanismo natural que le permite sobrevivir a los incendios o volver a colonizar.
No dar todo por perdido sería la conclusión a la que han llegado muchos de los estudios emprendidos por científicos en este campo. Las formaciones vegetales tienden a la autosucesión, es decir, a autoreconstruir el paisaje anterior a partir de las mismas especies. Esta tendencia natural depende de muchos factores, entre los que destaca la gestión que se haga en las zonas quemadas, y variará enormemente a escala temporal según se trate de áreas más o menos complejas. De esta forma, un prado, incluidas sus poblaciones de aves, se regenera en poco más de un año, un bosque tarda mucho más , y en lo peores casos no tendremos la oportunidad de verlo con nuestros propios ojos.
El primer invierno es el más duro pero, si las condicions climatológicas acompañan, en primavera la vegetación dará muestras de su vitalidad. Las encinas, alcornoques y robles, y la mayoría de arbustos como durillos, brezos o madroños, perfectamente adaptados al fuego, se regeneran rápidamente por rebrote y no dejan mucho lugar para la entrada permanente de nuevas especies. En los pinares el proceso es más complejo, y aunque por germinación también comienzan a recuperarse, a lo largo del primer año aparecen con mayor frecuencia especies vegetales nuevas que aprovechan as especiales condiciones de luz y falta de competencia para colonizar estas áreas.
Los animales sufren de manera desigual los efectos de un incendio, y su recuperación está estrechamente ligada a la de la cubierta vegetal. Las aves suelen ser las menos afectadas gracias a su movilidad y, en muchos casos, ni tan siquiera muestran un comportamiento nervioso ante las llamas. En el caso de los carboneros y herrerllos, suelen desplazarse pocos metros por delante del fuego, o golondrinas y vencejos que se acercan descaradamente sobrevolando el frente de llamas en busca de los insectos que se elevan entre la humareda. Las aves que gustan de espacios abiertos ocuparán sin problemas los espacios calcinados, pero si se quiere conservar la avifana forestal será imprescindible, en tanto regenera la vegetación, mantener un cierto número de árboles quemados en donde puedan posarse, nidificar o buscar alimento.
Los arácnidos se dispersan muy bien porque, aunque no vuelan, hacen "parapente". Para ello, suben a un lugar alto, donde hay corrientes de aire, emiten un pequeño hilo de seda que hace las veces de vela y planean con ella, desde unos metros lo que contribuye a que sean de los primeros en llegar
El primer invierno es el más duro pero, si las condicions climatológicas acompañan, en primavera la vegetación dará muestras de su vitalidad
Aparentemente serían los peces los úncios animales que permanecerían a salvo de las llamas, pero también los ecosistemas acuáticos sufren las consecuencias de los incendios al modificarse el caudal y la temperatra del agua
Entre los mamíferos, reptiles, anfibios e insectos la mortalidad achacable al fuego es mayor. No todos pueden escapar al desastre, y al efecto directo de las llamas y el humo hay que las condiciones adversas que se producen después del incendio. El aislamiento, la falta de alimento y refugio y el hecho de que muchos de estos animales no puedan responder con la emigración ante las nuevas circunstancias pueden mermar seriamente sus poblaciones.
Sin embargo, también, en estos casos se incia un lento proceso de recuperación. La abundancia de pastos primaverales en las zonas quemadas hace que sean rápidamente colonzadas por ungulados como ciervos o gamos. Mientras se deciden a retornar especies que, como el conejo necesitan el monte cerrado para sobrevivir, aparecen otras, como la liebre, que no precisan de una gran cobertura vegetal. El ratón de campo, capaz de adaptarse a un sinfín de situaciones, será la avanzadilla del grupo de los pequeños mamíferos, convirtiédose al mismo tiempo en una fuente de alimento para carnívoros y rapaces nocturnas.
Las arañas, pese a su mala reputación, se han revelado como una de las piezas esenciales para la regeneración de la vida tras un incendio forestal, ya que son unas de las primeras colonizadoras de estos espacios arrasados y con su presencia permiten la llegada de nuevas especies de animales y plantas. Las arañas cumplen una importante función tras los incendios, porque aunque las especies autóctonas, más especializadas, mueren por efecto de las llamas, nada más apagarse los rescoldos del fuego hay un batallón de arañas oportunistas que acuden al bosque quemado. Tal es así que lo primero que encontraron los exploradores tras la formidable explosión del volcán Krakatoa, que en 1883 causó la devastación casi total de esta isla ubicada entre Java y Sumatra, fue una araña.
Los arácnidos se dispersan muy bien porque, aunque no vuelan, hacen "parapente". Para ello, suben a un lugar alto, donde hay corrientes de aire, emiten un pequeño hilo de seda que hace las veces de vela y planean con ella, desde unos metros, que es lo más habitual, hasta cientos de kilómetros. Las arañas no regeneran el bosque, pero contribuyen a que empiece la vida de nuevo porque son muy resistentes y capaces de sobrevivir en estos ambientes.
No dar todo por perdido sería la conclusión a la que han llegado muchos de los estudios emprendidos por científicos en este campo. Las formaciones vegetales tienden a la autosucesión, es decir, a autoreconstruir el paisaje anterior a partir de las mismas especies.
En incendios de gran intensidad, en los que se alcanzaron temperaturas elevadas, se puede causar una brusca disminución de los nutrientes, con lo que raíces y semillas no los podrán utilizar para germinar.
 Aparentemente serían los peces los úncios animales que permanecerían a salvo de las llamas, pero también los ecosistemas acuáticos sufren las consecuencias de los incendios al modificarse el caudal y la temperatra del agua, aumentar los sólidos en suspensión o alterarse la concentración de nutrientes. No todos son efectos negativos, a veces la adición de ingentes cantidades de restos de madera al cauce de un río puede aumentar la diversidad de hábitats y convertirse en una nueva fuente de nutrientes para la vida acuática
Un bosque quemado resulta sin duda un paisaje triste pero no hay que dejarse llevar por el desánimo ya que no se trata de una situación irreversible, lo único realmente irremediable son las recalificaciones urbanísticas que puedan producirse en áreas incendiadas.
El éxito o fracaso de estos recursos dependerá de la intensidad y frecuencia de los incendios. Incendios de gran intensidad, en los que se alcanzaron temperaturas elevadas, pueden causar una brusca disminución de los nutrientes, con lo que raíces y semillas no los podrán utilizar para germinar.
Si el fuego castiga insistentemente una misma zona, comenzarán a ser dominantes las plantas mejor adaptadas, desplazando a las restantes. La vegetación más exigente, la de mayor valor ecológico, se verá sometida a la ley del más fuerte y desaparecerá definitivamente de estas zonas.
|