¿Por qué tenemos miedo a la oscuridad?

Hora de dormir, las buenas noches, arropados ya en la cama, la luz apagada y… ¡todo cambia! ¿No les ha pasado en algún momento que sienten miedo a eso desconocido, a la oscuridad? Uno como ser humano, por nuestra naturaleza imperfecta, siempre hemos manifestado un rechazo o miedo por diversas cosas en el transcurso de la vida. Pero uno de los más conocidos, sufridos y estudiados es el llamado: miedo a la oscuridad. ¿Por qué nos sucede eso? ¿Qué podemos hacer para acabar con ese mal que a tantos nos compete? En las siguientes líneas trataremos este maravilloso e interesante tema.

¿Miedo o fobia?

Cuando nos sentimos amenazados, nuestro cuerpo experimenta una sensación extraña, una emoción oscura y fría: miedo. Nuestro ánimo se ve afectado al punto de perturbarnos por completo. Vemos absolutamente todo como un riesgo o que nos pueda generar un daño.
Primero y principal, debemos saber y ser conscientes de que el miedo varía dependiendo de cada persona; así como también de los elementos ajenos a los que podemos temer. Entonces hay que tener muy claro la diferencia entre “miedo a la oscuridad” y “fobia a la oscuridad”, o como también es llamada: nictofobia.
El miedo a la oscuridad tiene el foco o el punto del problema bien determinado. La raíz de la molestia es lógica y su manejo está dentro de los límites reales. Es tratable y de fácil combate. En cambio la fobia a la oscuridad es imposible de controlar. Se diferencia del miedo porque la misma es un terror irracional y compulsivo de algún hecho, es decir, imposible de controlar. Esta fobia está caracterizada también por temer a la oscuridad y a la noche, pero es generada por distorsiones cerebrales donde se pierde la percepción de lo real. En ella la imaginación es mucho más fuerte y sus efectos más peligrosos.

Más allá de los ojos

Le tenemos miedo a la oscuridad porque ella es el símbolo de lo desconocido. No saber qué hay delante, detrás, arriba o a los lados de nosotros nos coloca en una posición difícil de aceptar y ver con claridad. Nos sentimos como si perdiésemos el sentido de la vista, uno de los sentidos más importantes y útiles que poseemos. La visión nos advierte sobre el entorno inmediato y próximo. En el momento en el que nos encontramos cegados, las condiciones son propicias para que la imaginación haga de las suyas, ¡y vaya que juega con nosotros! Se forma una cadena de miedos uno detrás de otros y bien entrelazados que nos hacen sentir desprotegidos.

El sueño y Freud

Existe una teoría la cual ha tratado de explicar el por qué le tenemos miedo a la oscuridad, fundamentada por los estudios del padre del psicoanálisis: Sigmund Freud. Dicha teoría freudiana presenta al miedo como una afección mental, consecuencia del desorden de ansiedad por separación. Esto se refiere a esa etapa que todos hemos pasado y ocurre cuando nos vemos desplazados de la habitación de los padres para comenzar a dormir en nuestra propia habitación, solos ante el mundo por primera vez.

Por lo general, esto sucede antes de los dos años de edad. Una edad algo prematura y tan significante en el desarrollo y comportamiento del niño a futuro. Es un miedo tan complejo, como cualquier otro podría ser, que se mantiene en la mayoría de los casos hasta la etapa de la adolescencia y, en muchos casos, hasta la adultez; evolucionando esto en traumas de soledad, miedo e inseguridad que ponen en riesgo el sano avance de nuestras actividades y de la vida en general, es decir, el padecimiento de la fobia a la oscuridad.
Del mismo modo, el constante miedo a la oscuridad generaría problemas para conciliar el sueño. El insomnio presenta muchas causas de aparición, pero una de ellas sin lugar a dudas es producto de este miedo.

oscuridad

¡Prende la luz!

El miedo a la oscuridad, como tal, se puede manejar y controlar hasta llegar a su definitiva desaparición. Cuando se apaga la luz pareciese que fuese el final de todo, pero no. Más bien debe ser el principio de una solución que nos ayude a seguir por un camino de paz y tranquilidad vital. He aquí algunos tips para hacer que el miedo a la oscuridad desaparezca progresivamente y sea más llevadero:

  • Relajación. Todo está en la mente. Cuando ya nos dispongamos a dormir debemos mentalizarnos de que todo estará bien. Es nuestra habitación, el lugar más seguro del mundo. Una mente tranquila es una mente sana. Tener la conciencia para darnos cuenta de que no nos pasará nada malo estando allí, indudablemente nos ayudará.
  • Sin luz. ¿Quién no ha tenido una de esas pequeñas lámparas que iluminan muy tenuemente la habitación? Son las confidentes de nuestros sueños mientras estamos con Morfeo. La necesidad de tener una lucecita prendida la debemos dejar ir poco a poco.
  • Imaginación. El poder de la mente es muy poderoso. Podemos utilizar nuestra imaginación para ahuyentar los malos pensamientos. Imaginemos que estamos en otro lugar, rodeados de seres queridos; o disfrutando de alguna actividad que nos guste. De esta manera podremos alejar los malos pensamientos y conciliar el sueño más fácilmente.
  • Aceptar. Ser consciente de algo nos hace más proactivos para superarlo. Debemos comenzar a aceptar que algo nos sucede. Saber que le tenemos miedo a la oscuridad nos dará la capacidad de ir en busca de una solución. Veamos qué hay debajo de la cama, qué se esconde en el armario. Salgamos y caminemos por toda la casa con la luz apagada para hacer de esa actividad un paseo por los lugares que conocemos cuando hay luz. Palpemos las cosas sin claridad, y así darnos cuenta de que no pasará nada malo.

El miedo, así como también lo son la alegría, el amor, la ira, la tristeza, entre otras; es una de las emociones primarias del ser humano. Es decir que no podemos dejar de tener miedo.
Siempre habrá algo a qué temer, pero haciéndonos conscientes de nuestros males, podremos aprehenderlos y superarlos de la mejor manera.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *